Inspirar y expirar, llenar y vaciar... gesto, expresión y ritmo; un mecanismo espontáneo que se adapta a las situaciones dadas. La forma de respirar nos delata una personalidad. La influencia de las emociones actúa sobre ella y, a la vez, la respiración modifica el estado emocional. Una respiración tranquila nos calma, mientras que una respiración acelerada nos crispa.

Valga decir que, en general, tenemos una idea bastante difusa de lo que es la respiración. Para respirar bien no hace falta tomar aire hasta inflar desmesuradamente la caja torácica ni soplar para sacarlo. Curiosamente lo que no sabemos es expirar, o sea, vaciarnos, librarnos del aire y dejar que se produzca, de manera natural, la necesidad de volverlo a tomar. Tenemos la idea fija de que sólo hay una forma de respirar, cuando lo cierto es que hay tantas como situaciones dadas. El caso es que no siempre hay armonía entre la situación dada y la respiración y esto hace que acostumbre a ser acelerada y forzada. Tras estas consideraciones veamos ahora los músculos que intervienen en ella y conozcamos sus principios biomecánicos.

El aire que respiramos pasa por muchos vericuetos hasta llegar a las células. Músculos, huesos, vísceras... todo se activa con la respiración. La caja torácica se expande, la columna vertebral se alarga en la inhalación y se encoge en la exhalación. Además, la respiración hace vibrar las articulaciones, tonifica y afloja los músculos. Es una fuente de energía, una herramienta poderosa, que hasta modifica la configuración corporal.

Los músculos primarios, los más potentes del sistema, son: el diafragma, los intercostales y los abdominales. Los secundarios son: el escaleno, el pectoral, el esternocleidomastoideos y el trapecio, es decir, el andamiaje del cuello y la cintura escapular. La actividad de éstos últimos es necesaria en momentos breves y de poca duración. Una de las causas de que la capacidad respiratoria sea deficiente obedece a que, en la carrera respiratoria, unos músculos se superponen a otros. Que nos fatiguemos y se sobrecargue el sistema se debe principalmente a este motivo.
El diafragma, que interviene activamente en la respiración, tiene forma de cúpula. Por encima se asientan el corazón y los pulmones y por abajo se resguardan el hígado, el estómago y el sistema digestivo.
Los pulmones, la conexión con el interior desde el exterior, realizan el intercambio de oxígeno por dióxido de carbono. Son los órganos de la ventilación y el principal expirador.

La inspiración nos alimenta, penetra en los riñones y el hígado y la expiración nos aquieta, sale de los pulmones y del corazón. Una respiración larga y profunda nos aboca a un suspiro y éste a la distensión del diafragma. El suspiro aligera la presión sobre el corazón, proporciona serenidad y calma. Una respiración justa en cada situación nos ayuda a recuperar la armonía orgánica y acomoda las vísceras abdominales en su lugar.

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