La posición supina en contacto con el suelo, una superficie plana, permite determinar dónde están los puntos de apoyo y dibuja nuestra huella corporal. En esta actitud nos mantendremos unos instantes para aflojar el peso del cuerpo y dar tiempo a que se aquiete el interior, para poder observarnos y escuchar la respiración. Si no nos oponemos al movimiento, podremos apreciar cómo se mueve la columna, un gesto ondulatorio que se propaga desde el occipital hasta el sacro. La respiración nos mueve.

En el momento de la práctica tendremos en cuenta el movimiento de la respiración y el del balanceo. Tanto uno como otro inciden de forma favorable en la musculatura. La respiración, íntimamente ligada a la musculatura, contribuye a distenderla cuando exhalamos el aire, mientras que los movimientos de balanceo serenan nuestro interior y hacen desaparecer las “tensiones-crispaciones” de la musculatura. Por lo tanto, destensan el músculo, lo ablandan y lo aflojan permitiendo que las articulaciones se acomoden bien en su lugar. Evitemos así la aplicación rutinaria de unas normas que nos alejan de las necesidades y demandas individuales. Una vez más observemos, abandonémonos al movimiento, al placer por el movimiento... Balancear la pelvis, el tronco o hacer espirales con la columna; expandirse y contraerse con el ritmo de la respiración, y modificar las actitudes que se han cronificado es lo que nos libera.

Esta es la diferencia fundamental entre una disciplina que utiliza el cuerpo como un instrumento al servicio de la técnica y, ésta que nos ocupa, que por encima de todo aspira a despertar las conexiones entre los diversos aspectos de la personalidad. Sólo hay que moverse para que nuestro mecanismo, siempre dinámico, se renueve y se alimente; y si el movimiento es de calidad, repercutirá beneficiosamente tanto en la estructura física como en la emocional. Un cuerpo por el que la fuerza de gravedad fluye de forma espontánea, se equilibrará en la verticalidad y también se desplazará con menos esfuerzo.

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