Nuestro esqueleto sirve de percha a nuestros músculos y los músculos lo sostienen y lo movilizan. Son necesarias unas articulaciones libres y bien encajadas, así como unos músculos capaces de bombear, desplegarse y retraerse para que el organismo se alimente y se renueve. Moviéndonos, nutrimos el organismo. Moviéndonos, los fluidos circulan y los órganos se regeneran. Ésta es la razón de la actividad física.

Somos una estructura que se alimenta del movimiento y que se encuentra en constante adaptación para encajar las articulaciones. Cuando éstas no se hallan en su sitio, el esfuerzo impuesto por determinadas actividades físicas puede provocar un desgaste excesivo que acaba por descompensar el mecanismo. Sin duda, el ejercicio en sí mismo es bueno, pero si no tiene en cuenta el encaje del que estamos hablando, éste puede ser incluso contraproducente. La estructura humana tiene como punto fundamental las articulaciones, y la amplitud y la fluidez articular determinarán la capacidad funcional y, más allá, la verticalidad en posición estática.

El ideal de la estructura humana se encuentra en una simetría y una verticalidad exactas. No obstante, nuestra estructura se ve sometida a un constante esfuerzo de tipo mecánico para adaptarse a todas las situaciones y contrarrestar así la atracción gravitacional. A pesar de los mil y un obstáculos por los que atravesará antes de haber completado su desarrollo, de una u otra forma, siempre conseguirá encontrar un equilibrio, aunque sea forzado. Esto provoca una acumulación de tensiones y fatiga en la musculatura. Por ello, necesariamente, cuando más nos aproximamos al estado de verticalidad ideal, menos esfuerzo tendremos que realizar para mantenernos de pie o para desplazarnos.

Permitidme que haga un inciso sobre la verticalidad o, si se quiere, sobre el equilibrio en la estructura humana. A menudo el concepto de verticalidad se suele equiparar a una postura rígida, tipo militar. Nada más lejos de la realidad. La verticalidad es la línea imaginaria que pasa por unos determinados puntos de la anatomía, que nos confiere un equilibrio sereno y armónico en la bipedestación. Ahora bien, para establecernos en la verticalidad, no hay que considerar la atracción gravitacional a la que estamos sometidos como un obstáculo, sino más bien como un eje natural del que servirnos para enraizarnos y elevarnos. Si pudiéramos sentir la fuerza vital que sube por las plantas de los pies hacia el interior de las piernas, dicho gráficamente, como si éstas fueran raíces de un árbol, consolidaríamos el eje del equilibrio.

Karlfried Dürckheim, psicólogo, filósofo y conocedor del pensamiento budista, en el cual me he inspirado, dedicó buena parte de su vida a trasmitir la manera de enraizarnos a tierra. Aristóteles, por otra parte, hace una descripción del proceso de la marcha y sitúa el punto de equilibrio en el centro de la pelvis. Se le atribuye el título de padre de la kinesiología. La cultura oriental, la genuina, lo tiene muy claro: la consolidación del individuo se encuentra en su postura, en cómo se ha establecido en la verticalidad. Sin embargo, estar enraizados en el suelo no significa estar clavados, del mismo modo que estar elevados tampoco es sinónimo de falta de contacto con el suelo. Ambas situaciones nos alejan del equilibrio. Sólo son estereotipos de la verticalidad. Una es la imagen del cuerpo desplomado, la disolución inmanente, y la otra, la de la columna rígida, la de la crispación.

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